viernes, 7 de agosto de 2009

EL ANIVERSARIO

EL ANIVERSARIO

Aquella noche era especial, y ella lo sabía.

La mesa era un canto a la pulcritud: el cristal y la plata derramaban sus destellos sobre el mantel, el vino aguardaba ansioso en las copas. Ella esperaba, sentada. Las manos, unidas sobre la falda, se frotaban con impaciencia. Miró hacia la ventana. Nada. Ningún paso en el umbral, tan sólo el quejido lastimero de un perro, a lo lejos, en lo profundo de la noche.

El día había comenzado con una actividad febril. Limpió obsesivamente cada rincón de la casa, incluso el sótano, sitio que aborrecía profundamente. De la bodega extrajo la mejor cosecha que poseía. Luego se dedicó a la cocina, dónde pasó largas horas preparando aquel plato que a él siempre le había gustado. Se vistió con sus mejores galas, y frente al espejo deploró el tétrico paso del tiempo. Ya no era joven, y aunque podía decirse que mantenía el encanto de la madurez, ella se veía vieja y decrépita, por lo tanto lo era.

Nada de aquello le molestaba realmente; nunca había sido vanidosa. Lo único que detestaba, y posiblemente lo único que la hacía sentir viva, eran los violentos dolores que solía sentir en el vientre. Se presentaban cotidianamente, al menos en los últimos tiempos, y siempre de noche. La pulsión del dolor era insoportable, la arrebataba con sordos latidos palpitantes en el estómago, cómo si un cuchillo removiese diariamente sus entrañas; más nunca se le oyó emitir un sólo lamento; su cuerpo se doblaba, caía al suelo, y aguardaba.

Pasaron los minutos. El resplandor de las velas jugaba con su rostro. ¿Porqué se demoraba tanto? Miró el reloj, aún no daban las diez. Todavía era temprano, y él siempre había sido puntual. En los treinta aniversarios que habían festejado, él jamás había olvidado la cita. Ésta idea hizo que la alfombra del tiempo se extendiese ante ella. Treinta años, pensó. Trató de recordar el último gesto de cariño que había recibido. ¿Acaso hubo un último? ¿Existe el último beso, la última caricia?

Siempre supo que él era infiel, y aunque su corazón la incitaba a la rebelión, se mantuvo firme en su fachada de buena esposa. Jamás hizo ningún comentario sobre el tema, ni siquiera cuando él retornaba a la madrugada, exudando el aroma del sexo de otra mujer. Todo lo toleró, porque así fue criada. Lentamente fue perdiendo todo lo que la hacía Mujer, es decir, se resignó a no ser deseada.

Sin embargo, algo se agitaba en su interior, algo indefinido, cómo el recuerdo de un sueño...

El débil sonido de unos pasos la arrancaron de sus reflexiones. Alzó la cabeza. Vio la sombra debajo de la puerta, cómo si el visitante no supiese cómo reaccionar ante una puerta cerrada. Ella permaneció en silencio. Finalmente, se oyeron tres golpes sordos, carentes de ritmo.

Adelante...

La puerta crujió como si no hubiese sido abierta desde hacía mucho. La figura dio un paso, tambaleante, la luna alcanzó a derramarse sobre el suelo, las velas palidecieron, una corriente fría atravesó el cuarto. La puerta se cerró, violentamente.

Ella mantenía la mirada en su regazo, sumisa. Él no pronunció palabra, sólo una especie de gruñido entrecortado que parecía indicar cierto cansancio. Ella se puso de pie, y se deslizó en la cocina. Treinta años, pensó; mientras abría la puerta del horno.

Entonces la asaltó una oleada de irrealidad, la bandeja que obsesivamente había preparado no estaba. Miró en torno suyo, la cocina estaba derruida, de las paredes colgaban jirones de un empapelado gris y mohoso, una gruesa capa de polvo cubría el piso, las ventanas estaban tapiadas con tablas de madera, del techo caían pequeñas gotas de humedad, el aire era pestilente, un hedor cadavérico imposible de respirar...

Treinta años, pensó; y una sonrisa se insinuó en su rostro.

Volvió al comedor, allí las cosas mantenían cierta apariencia de realidad. Las velas iluminaban un cuarto limpio y pulcro, la mesa seguía adornada de cristal y plata, el vino aún descansaba en las copas. Y él, sentado, inmóvil, la observaba.

Se sentó con lentitud, alzó la vista, y enfrentó su mirada.

En el otro extremo de la mesa estaba el reflejo de lo que alguna vez fue un ser humano. Aún vestía los restos de un elegante traje, la piel fina y verdosa se adhería a los huesos, las manos, apoyadas sobre el mantel, exhibían unos dedos coronados por largas y negras uñas; el rostro era una masa informe de tejidos vizcosos. Las cuencas vacías miraban estúpidamente hacia adelante. Los labios, carcomidos por los largos años de descomposición, se abrían en una mueca siniestra, revelando unos dientes ambarinos y pútridos. Entonces la figura se movió, sus manos comenzaron a remover los botones de la camisa; la boca se abría en un regocijo silencioso.

Ella lo veía, inmóvil pero sin temor, cómo quien observa una obra largamente conocida. Lo vió debatirse con movimientos torpes. Finalmente, la figura descubrió su vientre, y emitió un quejido espantoso. El estómago del ser parecía carcomido por alguna especie de ácido, las costillas negras y fétidas se cerraban sobre los órganos horriblemente mutilados.

Comenzó a recordar: el aniversario, la cena, el veneno, los gritos, la muerte, la satisfacción.

Mientras el espectro aún balbuceaba su odio, ella evocó con dulzura aquellos recuerdos. Volvió a sentir un placer intenso y macabro mientras en su mente lo veía consumir el veneno, delicadamente disimulado en la comida. Recordó aquel líquido blancuzco que brotó de sus labios, los espasmos irregulares, el retorcerse en el piso clamando por piedad, el último suspiro, la muerte.

Qué importaba la condena? Qué importaba la visita de éste espectro gimiente y patético, qué cada año la visitaba para revivir aquel aniversario? Acaso el placer no superaba al castigo?

Los quejidos de la Figura se transformaron en la parodia de una sonrisa. Ella se dobló, el dolor en el estómago la asaltó, barriéndola hacia la oscuridad. Tirada en el piso, alcanzó a ver dos profundos tajos en sus muñecas. Vio su propia piel reseca, de las heridas ya no brotaba sangre.

Entonces lo comprendió todo: después del veneno, vino el inevitable suicidio, y con él, la eterna repetición del infierno.

1 Comentario:

christ_nato dijo...

Wao lo maximo!! de verdad te felicito por la pagina!!! por todo esta bn creado!! sigue asi!!!

Cristian

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